
Por Adrián....
Le Corbusier esperaba que los miembros de las instituciones urbanas pensaran y obraran históricamente, como lo hacían de modo espontáneo en otras épocas: que la arquitectura ya inutilizable fuera sustituida por nuevas construcciones que respondieran a las nuevas necesidades con espíritu propio. Pero no consiguió sino indisponerlos contra él.Había trazado planes urbanos para las ciudades de Amberes, Estocolmo, Buenos Aires, Sao Paulo y Río de Janeiro.
Había propuesto la fundación de nuevas ciudades como Nemurs en África y Hellocurts en Francia. Nadie le había hecho caso. Sólo había conseguido nuevos e implacables enemigos. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, pensó en centrar una mayor comprensión. Las viejas ciudades europeas estaban en gran parte reducidas a escombros, y desaparecerían, por tanto, los argumentos históricos contra sus planes. El urbanismo no era ya un juego teórico de hermosos y bien trazados planos y perspectivas, sino que se había transformado en la cuestión vital de la existencia.
En el libro “Propósito del urbanismo”, que redactó durante la guerra, anticipándose a la enorme tarea que requeriría la reconstrucción, Le Corbusier se pregunta por la función de la ciudad. ¿Qué queremos hacer en ella? Queremos habitar, trabajar, cultivar el cuerpo y el espíritu, movernos, gozar del ocio.
Se pregunta qué tienen que hacer la arquitectura y el urbanismo para satisfacer estas necesidades. Y responde: Tiene que construir moradas para
hombres, instituciones, cosas, trabajos e ideas. Y debe trazar las vías para que todo esto esté perfectamente comunicado. ¿Con qué medios cuenta para efectuar todo esto? Con los medios de la ciencia, la técnica, la biología y la psicología.
Las leyes y los principios, según los cuales ha de construirse la ciudad, resultan del curso solar de veinticuatro horas, que es la medida del tiempo humano y articula nuestra vida; de la naturaleza y del espacio; del hombre como individuo y como unidad, y, de sus relaciones con el presente, la historia y la eternidad.
Las funciones de las ciudades o de los barrios se diferencian según el tipo de trabajo que efectúan sus habitantes. No existe la ciudad unitaria. En su libro “Los tres establecimientos humanos”, quizá la máxima contribución de su genio o a la solución de los problemas urbanos y que aparece también al finalizar la guerra, Le Corbusier distingue tres tipos de establecimientos: la Ciudad Radiante y Circular, en que actúan a la vez el gobierno, la actividad creadora y la actividad económica, la Ciudad Industrial Lineal y la Unidad de Producción Rural.
Las ciudades son para él entes biológicos, poseen un corazón y otros órganos y miembros. El corazón de la gran ciudad late en la “city”. Allí se erigen los. edificios de las instituciones públicas y privadas, la administración y los centros de la vida espiritual y artística. Son rascacielos, gigantescos pabellones del trabajo bellamente articulados, expuestos al sol en espacios verdes. Esta “city” es la ciudad central, el corazón de la ciudad. En torno a él se organizan los miembros. Para las viviendas, Le Corbusier prefiere la ciudad-jardín vertical, que tiene unidades de vivienda situadas en medio de un gran parque.
La Ciudad Industrial Lineal se ubica un tanto aparte. Su medio vital es un establecimiento fabril, dispuesto según el modelo de la “fábrica en espacios verdes”. Los trabajadores habitan en una ciudad-jardín vertical que se encuentra apartada de la fábrica, pero a distancia lo bastante corta para ser recorrida a pie.
La Unidad de Producción Rural mantiene la ordenación horizontal. Tiene aldeas y caseríos, que por caminos y carreteras se unen entre sí y con el corazón de la unidad; el centro de la cooperativa, en que los silos, los talleres, los clubes, los edificios para asociaciones y la plaza pública sirven a las necesidades de la comunidad. Un cuerpo urbano no vive sólo gracias a los miembros que lo componen; necesita del sistema circulatorio y de los nervios; las vías de comunicación y las redes subterráneas de cañerías y canalizaciones.
El transporte se ha convertido en problema desde que el hombre y el caballo fueron reemplazados por el auto y el ferrocarril. La consecuencia de este cambio fue el caos de las comunicaciones. La idea general de Le Corbusier fue devolver el suelo a los peatones. Para los automotores utiliza vías de alto nivel o subterráneas; se evitan así los cruces al mismo nivel. El automovilista cuenta con carreteras para el tráfico veloz, para la velocidad media en la ciudad, y para el lento retorno a la vivienda. Los caminos y las velocidades dan la medida de la magnitud de la ciudad. La vida de sus habitantes está ligada al curso solar y al día de 24 horas.
El problema del espacio y tiempo se plantea en la ciudad en el terreno de la realidad simple y cotidiana. El hombre necesita ocho horas para trabajar, ocho para dormir; las ocho horas restantes no están en absoluto íntegramente dedicadas al ocio. Tiene que defenderlas en lucha contra el espacio: contra el espacio que se extiende entre su lugar de trabajo y su casa; contra el espacio que separa su casa del café, del teatro, del estadio o de la biblioteca. Ese espacio sólo puede ser superado por medio del tiempo, por medio del tiempo de transporte, que es para él un tiempo perdido. El arquitecto debe hacer todo lo posible para que ese tiempo perdido se reduzca al mínimo.
En su ciudad nueva, Le Corbusier afronta de múltiples maneras esa pérdida de tiempo debida a las grandes distancias que quitan al hombre tiempo de ocio en las grandes ciudades. La ciudad se hace más pequeña; en su nueva estructura puede alojar los cuatro u ocho millones de habitantes de una gran comunidad en la mitad de superficie de lo que hoy es usual. Y, hasta en su centro mismo, es una ciudad en medio de espacios verdes. En ella, las distancias se acortan. Las vías de comunicación están dispuestas de tal manera que el tránsito jamás se atasca, ni se producen congestiones, aun en las partes más movidas del día. Las ciudades-jardines verticales y las fábricas están tan próximas entre sí que el camino al trabajo se convierte en un paseo.
Tal disposición ahorra tiempo. Ahorra también dinero. La ciudad ha de gastar menos en construcción de caminos, canalización y redes subterráneas. La unidad de vivienda vertical y el rascacielos requieren menos espacio de construcción, tanto en viviendas como en oficinas, que el modo habitual de edificación. Bajan los impuestos y los alquileres. El hombre ahorra dinero que puede gastar con más sentido o transformar en ocio abreviando las horas de trabajo. Según estas leyes o ideas directrices, Le Corbusier forma su Ciudad Radiante con sol, espacio, verdor, acero y hormigón, las materias primas del urbanismo, como las llama él.
La Ciudad Radiante quiere ser para nosotros una gran herramienta en el moderno dominio vital, la cual funcione según los principios que hemos conocido en la «máquina de habitar» y en la “unidad de vivienda”. Ella continúa ese ordenamiento humano diferenciado que vimos establecido en esas construcciones. Hace de los vecindarios verticales en las «unidades de viviendas» una comunidad que encuentra sus centros en los edificios para el trabajo, el ocio, el culto y en las plazas públicas.
En los grandes edificios del trabajo moderno, en los centros parlamentarios para Ginebra y Moscú, en la iglesia de Ronchamp, se establecía la tarea de integrar por medio de la arquitectura actividades similares o diferentes de diversas comunidades que obraban simultánea o sucesivamente. En la construcción de la nueva ciudad, en que se aspira a integrar las comunidades verticales, esa tarea aparece renovada, crece hasta lo gigantesco. Sólo puede realizarla un arquitecto que infunda a la imagen colosal el hábito del arte.
Le Corbusier peralta la integración social de su ciudad con una integración de las artes plásticas; el plan de su ciudad es un logro conseguido en igual medida por la arquitectura, la pintura y la escultura.
En última instancia la ciudad integra en sí al paisaje. En los proyectos para Argel, París y Saint-Dié, Chandigarh y Ronchamp, la arquitectura asume el eco del paisaje, le da acento rítmico y se encuentra concertada en grandiosa armonía con la naturaleza que crece en el monte, en la estepa y junto al mar.
La “Ciudad Radiante” no es ningún empeño infantil de asir las estrellas con la mano, ni una concepción hija de la soberbia. Es simplemente lo que eran las ciudades de Europa hasta el foso espiritual que se abrió en el siglo XIX: exponentes de la época, realizados por un hombre a quien fue dada la gracia de captar exactamente aquello que a todos sus coetáneos mueve de modo más o menos claro como sentimiento y aspiración, y elevarlo a la validez universal de la obra de arte. Es imaginación social, hogar del hombre del siglo XX.
Le Corbusier nunca se ha perdido en utopías. Sabe que la ciudad nueva de mañana deberá desarrollarse a partir de la vieja ciudad de hoy. La fundación de nuevas ciudades es siempre una excepción y no la regla. La ciudad nueva sólo puede ir sustituyendo por fragmentos a la vieja, no puede aniquilarla.
A la pregunta, hoy tan frecuente, de qué destino se reserva a los monumentos arquitectónicos, Le Corbusier responde que los testigos valiosos del pasado, edificios aislados o barrios enteros, que constituyen altas expresiones de la antigua cultura, han de mantenerse en caso de que no pongan en peligro a la ciudad nueva y a sus habitantes.
Con posterioridad a 1945, Le Corbusier intentó comenzar por fragmentos la construcción de la ciudad nueva, en ciudades que habían sido parcialmente destruidas o estaban en vías de ampliarse. Los planes para el barrio portuario de La Rochela, para barrios de Estrasburgo y Marsella, y el plan para la destruida ciudad de Saint-Dié, quedaron en proyecto. La pequeña ciudad de Meaux, cerca de París, fue la única que le dio la posibilidad al arquitecto, en 1957, de iniciar la construcción de la primera ciudad-jardín vertical.
Mientras Europa vacilaba y perdía en gran parte una oportunidad única para su reconstrucción edilicia, la India, en 1950, le dará la gran oportunidad con la construcción de Chandigarh.
Ante todo, nótese que Le Corbusier actúa como un intelectual en sentido estricto. No se alía a poderes locales o estatales. Sus hipótesis parten de realidades particulares (es evidente que la orografía y la estratificación histórica de Argel son excepcionales y que la forma del proyecto, que las tiene en cuenta, es irrepetible); pero el método que utiliza es absolutamente generalizable. Va de lo particular a lo universal. No es casual que Le Corbusier trabaje en Argel más de cuatro años sin encargos ni honorarios. Se invent el encargo, lo generaliza y está dispuesto a pagar él mismo su propio papel activo en la transformación de la ciudad.
Esto hace que sus modelos posean todas las características de experimentos de laboratorio y esto no tiene posibilidad de ser traducido a la realidad. Pero además, la posibilidad de generalización de sus hipótesis choca con las estructuras arcaicas que quiere estimular.
Si sus exigencias son revolucionar la arquitectura en sintonía con las tareas más avanzadas de una realidad económica y tecnológica, incapaz aún de darles forma coherente y orgánica, no parece extraño que el realismo de sus hipótesis fuese entendido como utopía.
Pero no se interpretará correctamente el naufragio Argel, y en general los “fracasos” de Le Corbusier, si no se los sitúa dentro del fenómeno de la crisis internacional de la arquitectura moderna.
Había propuesto la fundación de nuevas ciudades como Nemurs en África y Hellocurts en Francia. Nadie le había hecho caso. Sólo había conseguido nuevos e implacables enemigos. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, pensó en centrar una mayor comprensión. Las viejas ciudades europeas estaban en gran parte reducidas a escombros, y desaparecerían, por tanto, los argumentos históricos contra sus planes. El urbanismo no era ya un juego teórico de hermosos y bien trazados planos y perspectivas, sino que se había transformado en la cuestión vital de la existencia.
En el libro “Propósito del urbanismo”, que redactó durante la guerra, anticipándose a la enorme tarea que requeriría la reconstrucción, Le Corbusier se pregunta por la función de la ciudad. ¿Qué queremos hacer en ella? Queremos habitar, trabajar, cultivar el cuerpo y el espíritu, movernos, gozar del ocio.
Se pregunta qué tienen que hacer la arquitectura y el urbanismo para satisfacer estas necesidades. Y responde: Tiene que construir moradas para
hombres, instituciones, cosas, trabajos e ideas. Y debe trazar las vías para que todo esto esté perfectamente comunicado. ¿Con qué medios cuenta para efectuar todo esto? Con los medios de la ciencia, la técnica, la biología y la psicología.Las leyes y los principios, según los cuales ha de construirse la ciudad, resultan del curso solar de veinticuatro horas, que es la medida del tiempo humano y articula nuestra vida; de la naturaleza y del espacio; del hombre como individuo y como unidad, y, de sus relaciones con el presente, la historia y la eternidad.
Las funciones de las ciudades o de los barrios se diferencian según el tipo de trabajo que efectúan sus habitantes. No existe la ciudad unitaria. En su libro “Los tres establecimientos humanos”, quizá la máxima contribución de su genio o a la solución de los problemas urbanos y que aparece también al finalizar la guerra, Le Corbusier distingue tres tipos de establecimientos: la Ciudad Radiante y Circular, en que actúan a la vez el gobierno, la actividad creadora y la actividad económica, la Ciudad Industrial Lineal y la Unidad de Producción Rural.
Las ciudades son para él entes biológicos, poseen un corazón y otros órganos y miembros. El corazón de la gran ciudad late en la “city”. Allí se erigen los. edificios de las instituciones públicas y privadas, la administración y los centros de la vida espiritual y artística. Son rascacielos, gigantescos pabellones del trabajo bellamente articulados, expuestos al sol en espacios verdes. Esta “city” es la ciudad central, el corazón de la ciudad. En torno a él se organizan los miembros. Para las viviendas, Le Corbusier prefiere la ciudad-jardín vertical, que tiene unidades de vivienda situadas en medio de un gran parque.
La Ciudad Industrial Lineal se ubica un tanto aparte. Su medio vital es un establecimiento fabril, dispuesto según el modelo de la “fábrica en espacios verdes”. Los trabajadores habitan en una ciudad-jardín vertical que se encuentra apartada de la fábrica, pero a distancia lo bastante corta para ser recorrida a pie.
La Unidad de Producción Rural mantiene la ordenación horizontal. Tiene aldeas y caseríos, que por caminos y carreteras se unen entre sí y con el corazón de la unidad; el centro de la cooperativa, en que los silos, los talleres, los clubes, los edificios para asociaciones y la plaza pública sirven a las necesidades de la comunidad. Un cuerpo urbano no vive sólo gracias a los miembros que lo componen; necesita del sistema circulatorio y de los nervios; las vías de comunicación y las redes subterráneas de cañerías y canalizaciones.
El transporte se ha convertido en problema desde que el hombre y el caballo fueron reemplazados por el auto y el ferrocarril. La consecuencia de este cambio fue el caos de las comunicaciones. La idea general de Le Corbusier fue devolver el suelo a los peatones. Para los automotores utiliza vías de alto nivel o subterráneas; se evitan así los cruces al mismo nivel. El automovilista cuenta con carreteras para el tráfico veloz, para la velocidad media en la ciudad, y para el lento retorno a la vivienda. Los caminos y las velocidades dan la medida de la magnitud de la ciudad. La vida de sus habitantes está ligada al curso solar y al día de 24 horas.
El problema del espacio y tiempo se plantea en la ciudad en el terreno de la realidad simple y cotidiana. El hombre necesita ocho horas para trabajar, ocho para dormir; las ocho horas restantes no están en absoluto íntegramente dedicadas al ocio. Tiene que defenderlas en lucha contra el espacio: contra el espacio que se extiende entre su lugar de trabajo y su casa; contra el espacio que separa su casa del café, del teatro, del estadio o de la biblioteca. Ese espacio sólo puede ser superado por medio del tiempo, por medio del tiempo de transporte, que es para él un tiempo perdido. El arquitecto debe hacer todo lo posible para que ese tiempo perdido se reduzca al mínimo.
En su ciudad nueva, Le Corbusier afronta de múltiples maneras esa pérdida de tiempo debida a las grandes distancias que quitan al hombre tiempo de ocio en las grandes ciudades. La ciudad se hace más pequeña; en su nueva estructura puede alojar los cuatro u ocho millones de habitantes de una gran comunidad en la mitad de superficie de lo que hoy es usual. Y, hasta en su centro mismo, es una ciudad en medio de espacios verdes. En ella, las distancias se acortan. Las vías de comunicación están dispuestas de tal manera que el tránsito jamás se atasca, ni se producen congestiones, aun en las partes más movidas del día. Las ciudades-jardines verticales y las fábricas están tan próximas entre sí que el camino al trabajo se convierte en un paseo.
Tal disposición ahorra tiempo. Ahorra también dinero. La ciudad ha de gastar menos en construcción de caminos, canalización y redes subterráneas. La unidad de vivienda vertical y el rascacielos requieren menos espacio de construcción, tanto en viviendas como en oficinas, que el modo habitual de edificación. Bajan los impuestos y los alquileres. El hombre ahorra dinero que puede gastar con más sentido o transformar en ocio abreviando las horas de trabajo. Según estas leyes o ideas directrices, Le Corbusier forma su Ciudad Radiante con sol, espacio, verdor, acero y hormigón, las materias primas del urbanismo, como las llama él.
La Ciudad Radiante quiere ser para nosotros una gran herramienta en el moderno dominio vital, la cual funcione según los principios que hemos conocido en la «máquina de habitar» y en la “unidad de vivienda”. Ella continúa ese ordenamiento humano diferenciado que vimos establecido en esas construcciones. Hace de los vecindarios verticales en las «unidades de viviendas» una comunidad que encuentra sus centros en los edificios para el trabajo, el ocio, el culto y en las plazas públicas.
En los grandes edificios del trabajo moderno, en los centros parlamentarios para Ginebra y Moscú, en la iglesia de Ronchamp, se establecía la tarea de integrar por medio de la arquitectura actividades similares o diferentes de diversas comunidades que obraban simultánea o sucesivamente. En la construcción de la nueva ciudad, en que se aspira a integrar las comunidades verticales, esa tarea aparece renovada, crece hasta lo gigantesco. Sólo puede realizarla un arquitecto que infunda a la imagen colosal el hábito del arte.
Le Corbusier peralta la integración social de su ciudad con una integración de las artes plásticas; el plan de su ciudad es un logro conseguido en igual medida por la arquitectura, la pintura y la escultura.
En última instancia la ciudad integra en sí al paisaje. En los proyectos para Argel, París y Saint-Dié, Chandigarh y Ronchamp, la arquitectura asume el eco del paisaje, le da acento rítmico y se encuentra concertada en grandiosa armonía con la naturaleza que crece en el monte, en la estepa y junto al mar.
La “Ciudad Radiante” no es ningún empeño infantil de asir las estrellas con la mano, ni una concepción hija de la soberbia. Es simplemente lo que eran las ciudades de Europa hasta el foso espiritual que se abrió en el siglo XIX: exponentes de la época, realizados por un hombre a quien fue dada la gracia de captar exactamente aquello que a todos sus coetáneos mueve de modo más o menos claro como sentimiento y aspiración, y elevarlo a la validez universal de la obra de arte. Es imaginación social, hogar del hombre del siglo XX.
Le Corbusier nunca se ha perdido en utopías. Sabe que la ciudad nueva de mañana deberá desarrollarse a partir de la vieja ciudad de hoy. La fundación de nuevas ciudades es siempre una excepción y no la regla. La ciudad nueva sólo puede ir sustituyendo por fragmentos a la vieja, no puede aniquilarla.
A la pregunta, hoy tan frecuente, de qué destino se reserva a los monumentos arquitectónicos, Le Corbusier responde que los testigos valiosos del pasado, edificios aislados o barrios enteros, que constituyen altas expresiones de la antigua cultura, han de mantenerse en caso de que no pongan en peligro a la ciudad nueva y a sus habitantes.
Con posterioridad a 1945, Le Corbusier intentó comenzar por fragmentos la construcción de la ciudad nueva, en ciudades que habían sido parcialmente destruidas o estaban en vías de ampliarse. Los planes para el barrio portuario de La Rochela, para barrios de Estrasburgo y Marsella, y el plan para la destruida ciudad de Saint-Dié, quedaron en proyecto. La pequeña ciudad de Meaux, cerca de París, fue la única que le dio la posibilidad al arquitecto, en 1957, de iniciar la construcción de la primera ciudad-jardín vertical.
Mientras Europa vacilaba y perdía en gran parte una oportunidad única para su reconstrucción edilicia, la India, en 1950, le dará la gran oportunidad con la construcción de Chandigarh.
Ante todo, nótese que Le Corbusier actúa como un intelectual en sentido estricto. No se alía a poderes locales o estatales. Sus hipótesis parten de realidades particulares (es evidente que la orografía y la estratificación histórica de Argel son excepcionales y que la forma del proyecto, que las tiene en cuenta, es irrepetible); pero el método que utiliza es absolutamente generalizable. Va de lo particular a lo universal. No es casual que Le Corbusier trabaje en Argel más de cuatro años sin encargos ni honorarios. Se invent el encargo, lo generaliza y está dispuesto a pagar él mismo su propio papel activo en la transformación de la ciudad.
Esto hace que sus modelos posean todas las características de experimentos de laboratorio y esto no tiene posibilidad de ser traducido a la realidad. Pero además, la posibilidad de generalización de sus hipótesis choca con las estructuras arcaicas que quiere estimular.
Si sus exigencias son revolucionar la arquitectura en sintonía con las tareas más avanzadas de una realidad económica y tecnológica, incapaz aún de darles forma coherente y orgánica, no parece extraño que el realismo de sus hipótesis fuese entendido como utopía.
Pero no se interpretará correctamente el naufragio Argel, y en general los “fracasos” de Le Corbusier, si no se los sitúa dentro del fenómeno de la crisis internacional de la arquitectura moderna.
Fuentes.
http://www.nablazone.com/cmensa.asp?id_foro=15&id_mensaje=670&id_principal=618www.nablazone.com/cmensa.asp?id...15...
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